Suspiro por la pequeña nota de una pequeña sinfonía entre las paredes milimétricamente delimitadas de un recóndito lugar excavado entre el hueco, entre la raíz desgarrada, entre el confín de una grieta, fosas ciegas de su profundidad, de lo que ahora ya no piensas, ni sientes, de tu luminosidad arrebatada, de tu sinfonía libre y ahora amordazada por mi cinturón sincero de palabras que sólo saben apretar.

Por aquí, la vacua sombra de una humanidad alienada hace aguas y tormento de prejuicios, normas e imposturas que, tarde o temprano, tenían que sangrar. Por aquí se hunden buques cargados del robo, cargados del hurto de lo que nunca sobrará en el alma encogida chillando de hambre. Por aquí, no suenan los clarines del imperio ni los tambores de piel marchita, por aquí no puede pisar la bota, ni es lícito deshojar la última belleza de una pequeña margarita.

Por aquí ya no somos chispa que tiembla por su efímera ausencia, somos luminarias crepitando bajo la piel nocturna que extienden constantemente con puñales hacia el cielo. Como lágrimas de fuego que,resbalando por tu tímido disfraz del hielo, disuelven la simple sencillez de tu matemática convenida. Como granos de arena que escapan de ser pirámide, de ser forma oprimida, nos movemos con un huracán temblándonos en el pecho, deslizándonos hacia la infinitud de nuestro vasto desierto, el que siempre nos perteneció y en el que fuimos algo.

Aquí, el intacto sentimiento de la esperanza se arremolina, con temor de ser realidad, en la frente de nuestros sueños tatuados.

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